El sueño europeo, aquel ideal de unión que pretendía poner el punto final a un siglo de cruentos enfrentamientos, se plasmó en la Unión Europea. En las décadas pasadas una inmensa mayoría veíamos a Europa como ese paraíso al que acceder, ese selecto club de prosperidad, trabajo y oportunidades, ese club de las subvenciones, de la convergencia. Todos queríamos pertenecer a ese idílico proyecto económico-político, porque veíamos un modelo de progreso social, de libertades, de ilusión compartida y de garantía democrática.
Sin
embargo, las decisiones políticas poco acertadas, por no decir desafortunadas,
el intento de Constitución sin llegar a serlo, la no cesión de Soberanía a la
UE, la ampliación a nuevos países y el nacionalismo estatal en muchos lugares,
hicieron que ese sueño se fuera desvaneciendo.
A todo ello
debemos unir el crack en la economía global y las erráticas salidas planteadas
desde la Europa rica, donde primaron los intereses nacionales por encima de los
intereses del conjunto de Europa. Recibía en ese momento la UE una estocada
profunda e hiriente y que pondría un punto, que no sabemos si seguido o final,
a aquel bello sueño del siglo pasado.
Hoy miramos
nuevamente a Europa y encontramos un conjunto de países desnortados, inmersos
en reformas que ahondan más aún en la penuria de sus pueblos, que han pasado a
un segundo plano (por delante tienen al sector financiero).
Como un
cáncer en un cuerpo moribundo, enfermo y rendido, una nueva crisis sacude
Europa: la crisis del odio racial, la xenofobia y la discriminación social. Los
grupos neonazis, fascistas y de extrema derecha se están rearmando política e
ideológicamente, como cebo utilizan el que siempre les ha funcionado, el que en
el pasado les llevó a conquistar el poder bien por las urnas o bien por la
fuerza: el odio al diferente, al extranjero, al pobre, al disminuido.
