lunes, 5 de octubre de 2015

¿Cómo descubrí el socialismo? Con un tazón de leche, una cuchara, una barra de pan y un “probe”





Tenía 5 años y bajaba de dormir en casa de mis güelos Urbano y Ana en Naveces. Siempre que despertaba, salía corriendo de la habitación porque tenía miedo a una puerta que había en la misma habitación y por la que se subía al desván. Corría por las viejísimas escaleras de madera de aquella ruinosa casa como si no hubiera mañana, dando golpes con los pies en las tablas medio sueltas que tenía. Retumbaba entonces la voz grave de mi güelo “Vas a hundir las tablas pa bajo”. Enfoco el último tramo de escaleras y la estampa que me encuentro hace que frene en seco (yo creo que hasta me agarré con las uñas de los pies a las tablas) estaban a la mesa mis güelos y mi tía cuca  desayunando y en la otra cabecera ¡Un Probe!

Sí, un “Probe”, un paisano de boina negra y traje lleno de remiendos. Tras el beso de rigor a mi güelo, que era como carámbano, pero adoraba a los guajes, me siento en el banco junto él a desayunar el cola cao con pan, sin perder de vista a aquel hombre que compartía mesa y mantel con nosotros.  Ese día ni encendí la vieja televisión en blanco en negro que emitía una señal en continuo parpadeo.

El hombre mojaba pan en leche una y otra vez, cuando acababa mi güela le cortaba más pan de la barra  y echaba más leche en el tazón y aquél seguía metiendo la cuchara en la boca, ante mi mirada atónita de ver el saque que tenía. Y aunque siempre me gusta observar el entorno antes de hablar, en aquella época aún no había desarrollado esa capacidad, así que como no podía ser de otra manera pregunté:

- ¿Tenías hambre eh? ¡Vaya cómo comes, nos vas acabar la barra y la leche!

Entre el asombro y la vergüenza ajena, mi güelo optó por la carcajada y una sentencia clarificadora:

-¡Donde había esa hay más!

Acabamos de desayunar y mi güela le da otra media barra de pan y se va.

Llega el momento de la ducha en aquella casa que no había ni agua corriente, y mi güela prepara el barreño, el agua caliente sacado del lateral de la cocina de carbón y la mezcla con el agua fría que traía en calderos de un pozo comunal a unos metros de la casa.

En aquella mente de un niño de 5 años no cabía la posibilidad de que por un lado viviesen en una casa medio en ruinas, no tuviesen agua corriente y encima viniese un extraño a tomarnos la leche y a comer nuestro pan.

- ¿Güela y ahora cómo hacemos con el pan para el mediodía?, lo comió casi todo el probe.

- En esta casa mientras haya pan y leche no marcha nadie con fame. Si echamos menos leche al lechero y repartimos el pan que queda en trozos más pequeños no nos va a faltar. Nosotros seremos igual de ricos con un tazón de leche o una barra de pan menos y este hombre hoy desayunó caliente. ¡Así que todos felices! ¿Qué crees que ye mejor que todo el mundo tenga un tazón de leche y un trozo de pan o que yo venda la leche y sepa que este hombre pasa hambre? respondió.

-Pues lo mejor será que tengamos mucho pan y mucha leche para que no nos lo acabe el probe.

- ¡Venga al agua! Ya te darás cuenta de que lo importante no son ni el pan ni la leche.

Hasta unos años después, cuando empecé a conocer las historias que me contaba mi güela, no supe que aquella mañana había recibido una lección que quedaría grabada para siempre en mi memoria de lo que significaba socialismo: No sobran ni leche ni pan para vender, mientras una sola persona necesite leche y pan para comer.


 

No hay comentarios: